domingo, 18 de marzo de 2012

Martín Caparrós: "El Interior"

A continuación, el simulacro de la primera evaluación parcial del Taller de Expresión I (Cátedra Reale). La consigna: Leer atentamente el siguiente pasaje de El interior, de Martín Caparrós, y, teniendo como punto de partida las preguntas que se plantean a continuación, escribir una interpretación del relato que integre las respuestas de un modo coherente.

He estado muchas veces en las cataratas, pero cada vez me maravillo igual. En realidad, siempre me pareció uno de los lugares más extraordinarios del mundo: uno de los dos o tres espacios argentinos que no tienen equivalencia en ninguna otra parte. Y sigo convencido: hay pocas situaciones  históricas que envidie tanto como aquella tarde de Cabeza de Vaca.

Álvar Núñez Cabeza de Vaca fue, entre otras cosas, uno de los mejores narradores españoles de su tiempo. Pero es probable que a nadie le haya importado mucho o que  ni siquiera lo supiesen: la relación de sus andanzas —sus Naufragios— recién fue publicada en Valladolid en 1555, dos años antes de su muerte. En ese libro, Núñez contaba cómo había recorrido solo, a pie, entre 1527 y 1537, veinte mil kilómetros de la Florida y México. Ahora —tiempo de autopistas— podría pensarse como una gran hazaña. Pero su relato, como casi todos, sólo se justificaba por el fracaso de su intento: "... (querría) que no tuviera yo necesidad de hablar para ser catado entre los que con entera fe y gran cuidado administran y tratan los cargos de Vuestra Magestad y les haze merced...", escribió, en el proemio de su obra.

Las versiones difieren sobre la forma en que consiguió, a la vuelta de su viaje interminable, el nombramiento de  segundo Adelantado del Río de la Plata. Tampoco es fácil imaginar por qué, después de tanta, aún quería más sopa. Lo cierto es que, en 1540, Carlos V lo comisionó para que conquistara y poblara estas tierras. La empresa empezó difícil: no había quién quisiera ir a esos confines donde la gran expedición de Mendoza había fracasado. Sus tres barcos zarparon de Cádiz en diciembre de 1540, y otra carabela se les unió en Canarias; en marzo de 1541 estaban en la isla de Santa Catalina, en el Brasil. Allí sobrevivía una colonia de españoles huidos o naufragados, que le contaron que Ayolas había muerto y Buenos Aires poco menos; Álvar Núñez decidió evitar el puerto malhadado. Su hermano Pedro llevaría los barcos por la vía habitual; él iría a descubrir, que era lo suyo. Tras seis meses de preparativos  y exploraciones breves, Núñez salió hacia Asunción por la ruta terrestre inexistente: tendría que caminar más de mil kilómetros de misterios. Llevaba doscientos cincuenta soldados armados, veintiséis caballos y cantidad de indios: su periplo duró seis meses y fue uno de los viajes más alucinantes de una época de viajes imposibles.

La caravana atravesó llanuras infinitas, selvas desorbitadas, torrentes y montañas: "Yo caminé siempre a pie y descalzo por animar a la gente a que no desmayase porque además del trabajo en el desmontar, hacer caminos y puentes para pasar los ríos, que fueron muchos, padecimos grandes penurias…” escribió Núñez en sus Comentarios. Los indios los guiaban e instruían: cómo comer insectos, por ejemplo: "...en los canutos de las cañas  había unos gusanos blancos, tan gruesos y largos como un dedo, los cuales las gentes freían para comer y salía de ellos tanta manteca que bastaba para freírse muy bien y los comían toda la gente y los tenían por muy buena comida". En enero de 1542 les tocó uno de los momentos más extremos de toda la conquista: darse de boca, sin anticipos, sin poder preverlo, con las cataratas del Iguazú. "E yendo por ese río Iguazú abajo, era la corriente de él tan grande, que corrían las canoas con mucha furia; y esto causólo que, muy cerca de donde se embarcó, da el río un salto por unas peñas, abajo muy altas y da el agua en lo bajo de la tierra tan grande golpe que de muy lejos se oye...", escribió después Núñez, casi austero.

Yo imaginé ese momento tantas veces. Hoy, habiendo visto tantas fotos, sabiendo cuál va a ser la maravilla, las cataratas siguen impresionando al que las mira; entonces, aquellos soldados caminaban por la selva sin saber hacia dónde, muy perdidos, y oyeron de pronto un ruido que fue creciendo hasta hacerse infernal y temblaron de miedo ante las puertas del final y se encontraron de pronto con el espectáculo de la caída perfecta: nada más suntuoso.

Como dicen los americanos: I’ve been places, estuve en lugares. No recuerdo lugar en el mundo que me parezca más impresionante. […] –Martín,  yo soy de acá, míralo bien, porque es algo que sólo vas a ver en Argentina. Hace un rato que miro pasar gente: nadie sin su cámara. […]

–¿Ya le sacaste a ésta?
–No, no le saqué.
–Pero si es la mejor, Alicia, la más linda.
–Ay, che, la que estuvimos antes era mucho más linda.

Los turistas tienen –gran mayoría– zapatillas nuevas. Supongo que la diferencia es que la naturaleza suele mostrarse, salvo en las catástrofes, pasiva. Miramos la naturaleza como paisaje, como escenario inmóvil. Aquí el escenario se hace actor, se pone en escena a sí mismo, representa la ópera de su fuerza extrema, todo el tiempo, controladamente. Es amenaza pura, el mafioso que muestra la pistola para decir si quiero te destrozo: aquí la naturaleza advierte lo que podría hacer en cualquier momento, en cualquier falla.

Caparrós, Martín; El interior, págs. 128-131


1. Reconstruir la escena narrativa a partir de los indicios que ofrece el relato: quién narra, a quién se dirige, en qué circunstancias se desarrolla la narración. Caracterizar brevemente  la figura del narrador.
2. ¿Qué función cumple el relato del descubrimiento de las cataratas del Iguazú en el marco de esta crónica? Analizar el efecto que produce la introducción de las citas textuales de los Naufragios y los Comentarios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.
3. En este pasaje aparecen distintas clases de viajeros: caracterizarlos y analizar el efecto de sentido que produce el contraste entre ellos.
4. En El viaje imposible, Marc Augé sostiene que “tal vez una de nuestras tareas más urgentes sea volver a aprender a viajar, en todo caso, a las regiones más cercanas a nosotros, a fin de aprender nuevamente a ver”. ¿De qué manera puede relacionarse esta observación con el proyecto de escritura que se materializa en el libro El interior de Martín Caparrós? ¿De qué modo se vinculan aquí viaje y escritura?

jueves, 15 de marzo de 2012

Jorge Schvarzer: del “stop and go” al “go and crush”

Desde 1930 y hasta mediados de la década de 1970, o sea durante un período de casi medio siglo, la Argentina vivió en un sistema de “industrialización sustitutiva de importaciones” (ISI). A partir de 1976, esa situación comenzó a cambiar y la economía nacional ingresó en un proceso de apertura externa y de reforma y desregulación de los mercados que desembocó en un nuevo sistema de “apertura con endeudamiento externo”; este nuevo modelo de funcionamiento tuvo un primer ciclo muy intenso (1976-81), un período de reacomodo (1982-88) y un renovado y profundo impulso a partir de entonces. En conjunto, su presencia se mantuvo durante casi un cuarto de siglo y culminó en la gran crisis iniciada en 1999 y que se profundizó hasta el derrumbe en 2001-2002.

Ambos modelos fueron acompañados por distintos ritmos de crecimiento y, sobretodo, por sucesivas crisis intermedias. En el primer caso, estas fueron definidas como fenómenos de “stop and go” (marchas y contramarchas), porque el propio sendero de crecimiento generaba las condiciones para una crisis, luego de la cual se reiniciaba la marcha del producto; en el segundo caso, en cambio, se propone hablar de “go and crush” porque la evolución del modelo provoca crisis cuya magnitud exige un cambio de rumbo, al menos en el corto plazo, y con enorme impacto negativo, como ocurrió con su crisis final.

La economía cerrada

La crisis de 1930 provocó un enorme impacto en la Argentina, cuya economía se basaba en las cuantiosas exportaciones agropecuarias, generadas por la fertilidad de la pampa húmeda, que permitían comprar en el exterior todos los bienes que el país requería y no sentía la necesidad de producir. La intensa caída de la demanda mundial de bienes agropecuarios a partir del inicio de la crisis, que se reflejó en una baja no menos significativa de sus precios, generaron una caída de las exportaciones y una restricción externa tan inédita como inesperada. En las nuevas condiciones, no resultaba fácil superar la crisis en el corto plazo. Hasta entonces, el país había contado con crédito que le permitía reciclar sus deudas y garantizar la generación adicional de divisas en cualquier momento, de modo que los capitales externos pudieran girar de manera regular sus beneficios locales a sus matrices. Pero la crisis también cerró esa fuente de ingresos potenciales y obligó al gobierno a controlar las divisas disponibles para evitar que la brecha entre la oferta y la demanda generara un daño aún mayor a la economía nacional.

Las primeras medidas se tomaron con urgencia, con la expectativa de que resolvieran los problemas en el corto plazo, pero la prolongada restricción externa transformó a esas medidas en permanentes. Desde entonces, y durante medio siglo, el país vivió fuera del sistema de tipo de cambio único (porque se fijaban diferentes valores para distintos bienes, acompañados por una variada gama de retenciones y aranceles) y con control de divisas; ciertos mecanismos menores se modificaban, pero lo esencial consiste en que la escasez de divisas aparecía como un fenómeno estructural que obligaba a regular su uso.

En ese período, la economía cerrada era una consecuencia de la evolución externa y no de las decisiones locales. Luego de la crisis y la guerra, la situación de la economía mundial tendió a normalizarse aunque en condiciones muy distintas a las conocidas durante la década de 1920. Los precios internacionales de los bienes agropecuarios se establecieron, desde entonces, en niveles mucho más bajos en valores constantes; la demanda quedó acotada por el deseo de las naciones desarrolladas de auto-abastecerse, y la oferta de crédito era casi inexistente. En esas condiciones, la Argentina sólo podía abastecerse de los bienes que necesitaba (y que no podía producir localmente) aumentando su oferta exportadora para generar las divisas necesarias.

Pero los problemas persistían; la producción agropecuaria no respondía en la magnitud esperada y la restricción externa siguió actuando varias décadas más como una variable clave de la economía nacional. El crecimiento económico, acompañado por las mejoras salariales y de ingreso de amplios sectores urbanos, demandaba la importación de bienes terminados que el país no producía, además de bienes de capital para expandir el proceso productivo, insumos para las fábricas ya instaladas y combustibles. Pero la evolución de las exportaciones no acompañaba esa demanda, de modo que el proceso alcanzaba un punto de estrangulamiento externo que llevaba a una crisis: el famoso stop and go.

Cuando ese sendero de crecimiento económico llevaba a que la demanda de divisas excediera la oferta, el sistema encontraba su límite. Para resolver esa restricción externa, los sucesivos gobiernos decidían devaluar la moneda que reducía la demanda de bienes importados y alentaba la oferta agraria; esa medida desplazaba ingresos del sector urbano al rural, mientras que alimentaba la inflación local. La experiencia señala que no se lograba resolver definitivamente la restricción externa porque la producción agropecuaria no crecía en las proporciones deseadas y el ciclo volvía a repetirse una vez que se ajustaba el sector externo.

En el ínterin, ante el rebrote inflacionario, la respuesta oficial era una política de restricción monetaria, que reducía los medios de pago e inducía al alza de la tasa de interés. La iliquidez reinante, la suba de las tasas, el incremento de los costos industriales por el aumento de precio de sus insumos importados y la caída del salario real, provocaban una retracción de la demanda que derivaba en una recesión. El sistema quedaba dominado por un proceso de inflación recesiva, desencadenada por la devaluación. El sector externo encontraba, de esta manera, una forma perversa de equilibrarse, dado que la contracción del nivel de actividad reducía las importaciones e incrementaba (ligeramente) los saldos exportables a costa de los ingresos (y la demanda de alimentos) de la mayoría de la población.

Una vez que la economía se ubicaba en la etapa recesiva, se redoblaban las presiones que pondrán el ciclo nuevamente en marcha. Los trabajadores y los empresarios industriales pujaban por reconquistar sus ingresos y reclamaban subas salariales y de precios de los bienes fabriles que compensaran el incremento del costo de vida; pedían, además, que se relajara la restricción monetaria. A medida que se recuperaba la actividad y el salario real, el tipo de cambio volvía a atrasarse con el avance de la inflación y se generaban las condiciones para una nueva restricción externa que volvía a poner un tope a la fase alcista.

La falta de respuestas positivas del agro a los aumentos de precios se debía, entre otras razones, al atraso tecnológico del sistema productivo que era muy difícil de solucionar en el corto plazo. La importación de maquinaria agrícola no podía aumentar en la proporción deseable por la escasez de divisas (y la escasa producción local) mientras que se notaba la ausencia de prácticas modernas que permitieran aprovechar la tierra. A fines de la década de 1960, sin embargo, comenzó a notarse una mejora en la oferta a medida que el INTA (creado recién en 1956) logró desarrollar y difundir “paquetes tecnológicos” aptos para la región pampeana. La producción local de maquinaria agrícola fue la otra “pata” de la recuperación del sistema productivo agrario que contribuyó a su mecanización. A mediados de la década de 1970, esa creciente oferta potencial fue impulsada, del lado de la demanda, por la primera gran alza de los precios agrarios ocurrida después de la guerra de Corea. Luego de casi medio siglo, la reacción productiva y el alza de los precios estaban logrando que el país comenzara a superar la restricción externa.

Una segunda solución posible consistía en la exportación de bienes fabriles aunque había numerosas restricciones internas y externas para esa salida. Aún así, desde mediados de la década de 1960 se comenzó a notar una corriente alcista de exportación de productos industriales que contribuía a generar las divisas necesarias para el país. Ese flujo alcanzó su máximo a mediados de la década de 1970, impulsada por intensas políticas oficiales al respecto, y retrocedió brutalmente, luego, debido a las nuevas estrategias aplicadas a partir de 1976 que, irónicamente, se denominaban de “apertura externa”. La tercera solución posible radicaba en el recurso al crédito externo que se mantuvo muy restringido durante décadas y limitado a la oferta de algunos organismos públicos de las naciones desarrolladas y a los internacionales, como el FMI, que imponían pesadas exigencias para otorgar sumas reducidas para las necesidades locales.

Más tarde, el aumento explosivo de la oferta de esos créditos por los grandes bancos privados, a mediados de la década de 1970, coincidió con el cambio de modelo en el país. En definitiva, a mediados de la década de 1970 la economía cerrada se estaba abriendo al exterior, vía exportaciones agrarias y fabriles crecientes que ofrecían la posibilidad de pasar de la ISI a una industrialización apoyada en las ventas al exterior mientras se superaba la restricción externa. Pero la estrategia aplicada luego del golpe militar de 1976 modificó esa evolución.

La economía abierta con endeudamiento externo

El aumento de los precios internacionales del petróleo y las materias primas, a mediados de la década de 1970, coincidió con (y contribuyó a) una enorme expansión del mercado del eurodólar que implicó la multiplicación del crédito en divisas por parte de los grandes bancos internacionales. La oferta masiva de esos créditos dio lugar, por primera vez en medio siglo, a que la mayoría de las naciones subdesarrolladas pudiera superar, aunque de modo coyuntural, la restricción externa.

Brasil, por ejemplo, que se enfrentó a una severa escasez de divisas debido al aumento del precio del petróleo (que entonces debía importar en cantidades masivas) logró superar ese problema gracias al crédito externo que le permitió, asimismo, comprar numerosos bienes de capital en una apuesta al crecimiento a mediano plazo. La Argentina ya no tenía la misma necesidad, ni urgencia, de crédito externo, por las razones señaladas, pero la política oficial optó por esa alternativa con elevado énfasis a partir de 1978. El gobierno lanzó una estrategia de tipo de cambio con atraso programado, conocida como la “tablita”, que sus autores decían que estaba diseñada para contener la inflación pero que, en los hechos, implicó una continua caída de las exportaciones (cada vez menos rentables por esa evolución del tipo de cambio), una rápida suba de las importaciones (estimuladas por la baja de sus precios en moneda local) y el recurso al endeudamiento para cubrir el déficit comercial y de servicios así como las demandas de los agentes locales que querían comprar dólares “baratos” como mecanismo de ahorro y especulación.

El sistema funcionó un par de años hasta que se cortó el crédito externo. La crisis se hizo pública en marzo de 1981, con el cambio de gobierno, mientras que los compromisos derivados de la masiva deuda externa, acompañados por el déficit comercial, planteaban una coyuntura insostenible. La crisis derivada de esa situación obligó a una devaluación masiva, provocó una recesión tan profunda como prolongada (la mayor de las registradas desde la crisis de 1930) y obligó a modificaciones apreciables en las formas de funcionamiento de la economía argentina.

El país tardó en superar esa crisis, mientras estaba envuelto en una oleada de alta inflación y presionado por el pago de los compromisos de la deuda. Todo eso llevó a una nueva crisis a fines de la década que coincidió con un cambio de gobierno y una nueva aplicación de la estrategia de tipo de cambio atrasado con endeudamiento externo. El Plan de Convertibilidad, aplicado en 1991, atrasó el tipo de cambio, como herramienta para frenar la inflación, mientras que el gobierno recurría al crédito externo para cubrir el déficit comercial y de servicios.

La crisis del tequila, en 1994-95, fue una señal de la intensa dependencia de los flujos de divisas que repercutió en otra crisis más fuerte a partir de 1999, cuando los acreedores externos comenzaron a percibir que el país no podría pagar, no sólo la creciente deuda externa, sino tampoco los intereses que ella devengaba. Esa crisis fue tan intensa que derrumbó al modelo de la convertibilidad y abrió la puerta a un nuevo cambio de política económica.

Las crisis financieras no fueron exclusivas de la Argentina; ella ocurrieron en casi toda América Latina, donde hubo dos grandes ciclos de endeudamiento: el primero en la década de 1970, que culminó con la crisis de la deuda de los años 1980, y el siguiente en la década de 1990 que, de forma similar, concluyó en las crisis mexicana, brasilera y argentina. También sufrieron ciclos de auge y depresión los países asiáticos, aunque provenían de situaciones radicalmente distintas y tuvieron disímiles desenlaces. Una revisión de la literatura sobre estas crisis permite ver que el caso argentino sólo se diferencia en detalles de los modelos estilizados, elaborados por la teoría de los flujos financieros, que se resume a continuación.

La teoría económica standard justifica la entrada de capitales de diversas formas a los que considera siempre beneficiosos para el país receptor. Los capitales, buscando las inversiones de mayor rendimiento según esa teoría, irían hacia los países más pobres, ayudándolos a aumentar su inversión y su producto. Ante la escasez de capital que estos países sufren, el ahorro externo es lo que les permite incrementar su tasa de inversión y crecer a mayor velocidad. La devolución de los préstamos no sería problemática, dado que se conseguiría utilizando tan sólo una pequeña porción de los beneficios del crecimiento que genera la aplicación productiva de esos recursos. En la práctica, estos argumentos no se verificaron en los países que se abocaron a la liberalización.

Diferentes estudios (como el que derivó en el famoso “puzzle de Feldstein-Horioka”) muestran que la tasas de ahorro y de inversión están fuertemente co-relacionadas, por lo que la inversión es financiada por el ahorro local y el crecimiento parece seguir dependiendo más de la capacidad de acumulación de cada país que de los ingresos que reciba del exterior. En la práctica, las crisis financieras explotaron en países que combinaron la apertura comercial con la liberalización de los flujos de divisas y la apertura de la cuenta de capital. Esos países aplicaron tipos de cambio fijos o semi-fijos, generalmente en programas que tenían como objetivo combatir la inflación. A pesar de que, en algunos casos, se logró realmente contener el alza de los precios, el mismo paquete de medidas genera una serie de dinámicas que derivan finalmente en una nueva crisis.

El tipo de cambio fijo (que en el caso Argentino fue establecido por ley) provee un seguro de cambio gratuito que elimina, por lo menos en teoría, el riesgo de una devaluación. En ese contexto, la diferencia entre la tasa de interés local y la internacional provee una oportunidad de obtener grandes ganancias a quienes colocan sus dólares en plazos cortos. La posibilidad de endeudarse a tasas bajasen el exterior y conseguir rendimientos mayores en el sistema financiero local se ve reforzado por la promesa del gobierno de mantener el valor en divisas de los pesos ganados en el período. Dada la elevada liquidez internacional, los capitales son atraídos por los rendimientos que el país ofrece.

La entrada de capitales inaugura la fase ascendente del ciclo, pero ésta ocurre con un tipo de cambio sobrevaluado. El anclaje del tipo de cambio logró en muchos casos reducir la inflación, pero suele hacerlo con cierto rezago, y la suba de precios, que continúa, genera una apreciación adicional de la moneda local, responsable en gran medida de la dinámica posterior de la economía. En la primera fase, que se caracteriza por la caída de la tasa de interés, la actividad crece mientras la inflación disminuye, variables que contribuyen a la ilusión generalizada sobre el supuesto éxito del modelo.

La abundancia de financiamiento barato se combina con la recuperación relativa del salario real (permitida en buena medida por la disminución de la inflación) y en conjunto dinamizan, tanto el consumo, como la inversión. Dada la apertura comercial y el tipo de cambio apreciado, la demanda interna impulsa la producción local, pero especialmente el ingreso masivo de productos importados. La avalancha de importaciones, sumada a la pérdida de competitividad de las exportaciones, genera un déficit de la balanza comercial que se amplía a medida que dura la fase alcista del ciclo.

La deuda externa, mientras tanto, recorre un sendero de crecimiento veloz; a medida que crece, los pagos de intereses se incrementan, poniendo una carga adicional sobre la cuenta corriente, que se vuelve rápidamente deficitaria. El déficit de cuenta corriente y el aumento de la deuda externa hacen que la economía se vuelva más vulnerable a un cambio de orientación del flujo de divisas. Cada año, el país requiere nueva deuda para solventar su déficit de cuenta corriente y re-financiar los vencimientos de capital e intereses de la deuda acumulada que no tiene forma de afrontar. La vigencia de la regla cambiaria y la posibilidad de pagar la deuda externa depende entonces de la capacidad del gobierno de seguir atrayendo una masa cada vez mayor de divisas al país. Pero mientras mayores son las necesidades del gobierno, es decir, cuanto más se hayan expandido el déficit de cuenta corriente y la deuda externa, mayor es el riesgo de no lograr conseguir los cuantiosos recursos necesarios y, por lo tanto, mayor es el riesgo del colapso.

La percepción de la vulnerabilidad de la economía comienza entonces a verse reflejada en le pérdida de credibilidad de la regla cambiaria y en el incremento de las posibilidades de que el país caiga en una cesación de pagos. El alza del riesgo país y del riesgo de devaluación obligan a ofrecer cada vez mayores rendimientos para que los capitales sigan fluyendo y se ensancha así la diferencia entre la tasa de interés local y la internacional. En la economía local, la ausencia de crédito externo origina la primera etapa de la fase contractiva del ciclo. Ella provoca un alza de la tasa de interés, que genera el encarecimiento del crédito para el consumo y la inversión. Esos cambios se combinan con la baja de competitividad de las exportaciones y la restricción monetaria que opera una vez que comienzan a caer las reservas. La contracción de la economía se agrava mientras siguen cayendo las reservas y sube la tasa de interés a medida que se profundiza la idea de que la caída es inevitable.

La crisis puede acelerarse por factores exógenos: suba de la tasa de interés internacional, retracción de los flujos de capital (como ocurrió con la crisis del tequila) o suba del riesgo país debido a las dudas de los inversores o por “contagio” ante la caída de un país vecino. Cualquiera de ellos puede situar al país en una posición aún más vulnerable. Un déficit de cuenta corriente que aparentemente podía ser financiado, o un nivel de deuda externa que parecía controlable, pueden tornarse explosivos ante un shock externo de magnitud.

Sin embargo, la dinámica explosiva de los ciclos de endeudamiento descriptos no depende de la posibilidad de encontrar situaciones como éstas. Son las mismas características intrínsecas del proceso de crecimiento sostenido por el endeudamiento las que engendran la fase recesiva con la que culmina el ciclo, más allá de que ésta pueda agravarse o aliviarse por cambios en el contexto internacional. En definitiva, la duración del ciclo depende de la capacidad nacional de conseguir suficiente cantidad de divisas para financiar el creciente déficit de la cuenta corriente.

Dado el déficit comercial y de servicios, éstas entran al país mediante la colocación de deuda externa (tanto privada como pública) en los grandes bancos internacionales o en los organismos multilaterales de crédito y con la venta de empresas públicas o privadas. De esta forma, el excedente de absorción interna (consumo más inversión) por sobre el producto se financia endeudando el país y/o vendiendo el patrimonio nacional. El período de expansión puede extenderse en el tiempo mientras se cumple alguna de las siguientes variables: suficiente apetito por prestar al país por parte de los bancos privados, voluntad del FMI, el BID y el Banco Mundial de hacer lo mismo, oe mpresas locales disponibles para ser vendidas.

Pero estas políticas generan, a su vez, una pesada carga que determina en gran medida el tamaño del ajuste posterior. La deuda externa impone crecientes pagos de intereses mientras que la extranjerización de la propiedad acrecienta las remesas de utilidades. Es así que la extensión de la etapa de crecimiento de la economía se hace a costa de un déficit cada vez mayor de la cuenta corriente. En el ajuste de las crisis del stop and go, la imposibilidad de financiar los déficits comerciales llevaban rápidamente a la caída del nivel de actividad, la cual producía una contracción de las importaciones hasta que se conseguía el equilibrio de la balanza comercial.

En las crisis financieras modernas, la expansión puede continuar a pesar del desequilibrio externo pero, al momento dela crisis, el ajuste debe ser tal que permita no sólo equilibrar la balanza comercial, sino que debe provocar un superávit comercial de magnitud tal que permita solventar además los pagos de intereses y utilidades comprometidos en el período de auge. Mientras más grande sea el déficit de cuenta corriente, más se haya endeudado el país y más extranjerizada se encuentre su propiedad, mayor es el ajuste recesivo que la restricción externa impone.

En conclusión, las promesas que auguraban que los ciclos del stop and go serían superados mediante la apertura y la entrada de capitales no se cumplieron; la experiencia argentina muestra que el resultado fue tan sólo una prolongación delas fases alcistas al costo de desembocar en crisis de mayor magnitud. En otras palabras, se reemplazó el stop and go por el mucho más penoso go and crush.

domingo, 11 de marzo de 2012

Gramsci, sentido común, hegemonía, folklore, fordismo, americanismo

Resumen de algunos escritos de Antonio Gramsci sobre folklore, literatura popular en Italia y Francia, el auge del fordismo y el americanismo. En estos textos, define algunos conceptos clave como hegemonía, dominación, sentido común, religión, filosofía, buen sentido e intelectual orgánico, entre otros.

La crisis de la lectura romántico-positivista de la cultura popular surge con la obra de Antonio Gramsci (1891-1937). En la década del ’20, Italia era un país marginal de Europa que había llegado relativamente tarde a la constitución del Estado moderno y a la industrialización. La estructura interna era de una profunda desigualdad entre un Norte industrializado y letrado y un Sur atrasado y analfabeto.


Encima, Gramsci es testigo del apoyo popular que goza el fascismo, un movimiento profundamente conservador más que revolucionario. Es entonces que se pregunta por las causas del surgimiento y desarrollo del fascismo en su país. Gramsci estudiará las formas ideológicas en que los hombres adquieren consciencia del conflicto de poder entre las clases sociales y luchan por resolverlo. Ese conflicto es la lucha por la hegemonía y, por darse en la esfera de la cultura, se traslada a la superestructura.


La dominación es la imposición desde el exterior de una determinada relación de poder y, dado que cuenta siempre con una resistencia explícita activa, sólo es posible mantenerla con el aparato represivo. La hegemonía es, en cambio, el proceso de dominación social, pero ya no como una imposición desde el exterior, sino como un proceso en el que las clases subalternas reconocen como propios los intereses de las clases dominantes.


La lucha por la hegemonía es la disputa por la administración del sentido, por hacer aparecer una concepción del mundo como la más válida y convincente. En este sentido, tiene prioridad la lucha cultural por sobre la económica.

Observaciones sobre el folklore


Gramsci define con el nombre de folklore la forma más desorganizada y asistemática de la cultura. El folklore vendría a estar constituido por fragmentos de todos los puntos de vista elaborados en épocas pasadas y compuestos por una multiplicidad heterogénea de creencias, valores y supersticiones.


Lejos de considerar al folklore como algo raro y pintoresco, Gramsci propone tomarlo bien en serio porque allí se cristalizan las condiciones de vida cultural de un pueblo. El sentido común vendría a ser algo así como el folklore de la filosofía. Es la concepción del mundo típica de las clases subalternas compuesta por un agregado caótico de concepciones del mundo heterogéneas, acríticas, incoherentes, fragmentadas y sedimentadas desde épocas pasadas.


El nivel inmediatamente superior en la organización de la cultura es la religión. Ésta es una multiplicidad de elementos acríticos, supersticiones pseudo-científicas y movimientos heréticos populares. La filosofía es una concepción del mundo más sistemática y homogénea. Pero el buen sentido sería el nivel óptimo porque comprendería una elaboración de una conciencia autónoma y crítica de las condiciones materiales y de lucha por la hegemonía. El buen sentido sería la filosofía de la praxis.


Los intelectuales orgánicos no son filósofos, sino más bien organizadores que difunden ideas, organizan colectivos y construyen voluntades. Un ejemplo de intelectual orgánico de las clases dominantes bien podría ser Mariano Grondona. Mientras tanto, parecería no haber intelectuales orgánicos de las clases populares.
           
Literatura popular


Según Gramsci, en su época no existía una literatura nacional-popular en Italia porque faltaba una identidad de concepción del mundo entre los escritores y el pueblo. Los sentimientos populares no eran vividos como propios por los escritores italianos. En Francia, lo nacional naturalmente implicaba un significado mucho más cerca de lo popular por su historia (Revolución Francesa). En Italia, en cambio, lo nacional tenía un significado mucho más restringido ideológica y políticamente.

El término “nacional” en Italia estaba más ligado a una tradición intelectual y en ningún caso coincidía con lo popular dado que en ese país los intelectuales estaban alejados del pueblo-nación. El elemento intelectual nativo era más extranjero que los extranjeros frente al sentir del pueblo-nación. En ese contexto, la literatura “nacional” denominada “artística” no era popular en Italia. Es por eso que el público italiano se interesaba más por la literatura extranjera popular y no popular que por la italiana.

La literatura popular francesa, en cambio, sí había sabido elaborar un moderno humanismo capaz de reflejar las vivencias de los estratos más rústicos e incultos. Es por eso que se difundió también en Italia, donde esto estaba ausente. Que el pueblo italiano leyera con preferencia a los escritores extranjeros significa que sufría la hegemonía intelectual y moral de los intelectuales extranjeros.

Americanismo y fordismo

Gramsci describe al fordismo como la política industrial seguida por los sectores más dinámicos de la burguesía norteamericana para “llegar a la organización de una economía programada”. Lo que descubre es que, en esta nueva etapa, “los nuevos métodos de trabajo están indisolublemente ligados a un determinado modo de vivir, de pensar y de sentir la vida”. Todos estos son elementos que anuncian una nueva cultura: el “americanismo”.


Bajo el “fordismo”, la sociedad se reorganiza a partir de la lógica del capital: si los obreros son incorporados también como consumidores (los trabajadores de la Ford llegando al trabajo en sus propios automóviles Ford), ningún detalle de sus vidas queda fuera de la mirada del capital. Las clases dominantes se preocuparán ahora por la estandarización de las normas de vivienda y de higiene, por la estabilidad matrimonial y por el anti-alcoholismo.


Es preciso que el trabajador gaste «racionalmente» su sueldo en mantener, renovar y acrecentar su eficiencia muscular nerviosa, no para destruirla. De allí, entonces, que la lucha contra el alcohol, el agente más peligroso de destrucción de las fuerzas de trabajo, se convierta en función del Estado.

A la cuestión del alcohol esta ligada la cuestión sexual. El abuso y la irregularidad de las funciones sexuales es, después del alcoholismo, el enemigo más peligroso de las energías nerviosas. Las tentativas realizadas por Ford de intervenir, mediante un cuerpo de inspectores, en la vida privada de sus dependientes y controlar cómo gastaban su salario y cómo vivían, es un indicio de estas tendencias todavía «privadas» o latentes que pueden transformarse, en cierto momento, en ideología estatal.


Los nuevos métodos exigían una rígida disciplina de los instintos sexuales, es decir, una consolidación de la "familia", de la reglamentación y estabilidad de las relaciones sexuales. Mediante la monogamia, el hombre-trabajador ya no disipa sus energías en la búsqueda desordenada y excitante de la satisfacción sexual ocasional. Lo que intentó imponerse en el sentido común es que “un obrero que va al trabajo luego de una noche de ‘excesos’ no es un buen trabajador”.


Esta presión coercitiva ya no es ejercida solamente por el Estado y las clases dominantes sino que es aplicada recíprocamente por medio de la persuasión y el consenso dentro de las clases populares. Dentro de esta nueva sociedad, el psicoanálisis es la expresión de la creciente coerción moral ejercida por el aparato estatal y social sobre cada uno de los individuos.


En Europa, la introducción del fordismo se produce bajo la más extrema coerción. El americanismo demanda «una composición demográfica racional», es decir, que no existan clases improductivas (parasitarias). Pero en Europa subsisten tales clases, creadas por la historia, que dejó un cúmulo de sedimentaciones pasivas a través de los fenómenos de saturación y fosilización del personal estatal, los intelectuales, el clero y la propiedad terrateniente, el comercio de rapiña y el ejército profesional y de conscripción.

sábado, 10 de marzo de 2012

Beatriz Sarlo: "Retomar el debate"

En 2001, Beatriz Sarlo publica el libro Tiempo Presente. Uno de sus capítulos se titula “Retomar el debate”. Allí, Sarlo recoge las críticas que le hicieron ciertos académicos e intelectuales (Horacio González, Eduardo Hojman, Andrea Pagni y Erna van der Walde) luego de la publicación, en 1994, de su libro Escenas de la vida postmoderna. Básicamente, le reprochaban que fuera una “nostálgica” del lugar que antes ocupaban los intelectuales en la sociedad.  

En su respuesta, Sarlo critica ciertas lecturas decerteaucianas. He aquí un resumen de la respuesta de Sarlo, en primera persona:

Voy a ver primero las salidas que no elijo. Hay una que yo llamaría uso adaptativo de Michel de Certeau. De Certeau no es un ideólogo empeñado en descubrir una salida a la situación contemporánea de las masas populares ni de ningún otro actor social. Se trata, más bien, de un teórico en usos desviados que plantea un modelo insurrecional frente a las indicaciones institucionales que impone la cultura. Afirma que usar no es cumplir un mandato sino subvertirlo, poder de transformar los objetos y las prácticas que se le imponen. Esto es así, ningún consumidor cumple enteramente el programa inscripto en un texto, responde a la ruptura del circulo de la manipulación. Pero el problema no es solamente qué hacen los sujetos con los objetos sino qué objetos están dentro de las posibilidades de acción de los sujetos. Estos objetos establecen el horizonte de sus experiencias. El encuentro de una cultura con los objetos de otras culturas, de viejos saberes con nuevos, de privación simbólica y de abundancia. Ni el pueblo ni los letrados se salvan del círculo hermenéutico: se hace lo que se puede con lo que se tiene o se conoce. La ciudad está dividida de manera material y simbólica. Sus calles y la libertad de su recorrido tienen los límites impuestos por el escenario social. En un círculo en el que aún las transgresiones están contempladas por las indicaciones de uso (las indicaciones de uso dan forma y contenido a las transgresiones). Sin embargo, no hay que pensar que la verdad reside en la inversión de la teoría manipuladora.

Otra salida con la que simpatiza Pagni y Von der Walde es la del intelectual intérprete, de Zygmunt Bauman. Él plantea que los intelectuales, durante uno o dos siglos, reclamaron el podio del profeta. Desde una perspectiva postmoderna, hoy los intelectuales pueden convertirse en intérpretes y tejer una red de intersección de estos discursos: son intelectuales carteros. Una especie ideal de sociedad sin centro es una utopía. Arriesgaré dos o tres ideas no para salir del atolladero, sino para seguir pensando dentro de él. La cultura, dimensión simbólica del mundo social, se produce en la intersección de instituciones y experiencias. No hay experiencias que no tengan de alguna manera a las instituciones como referencia y no existen instituciones que, activas, dominantes o débiles, actúen en un vacío de experiencia. Pero no conozco sociedad moderna en la cual estas dos instancias, instituciones y experiencias, estén ausentes de una relación que las implica.

No tendría sentido hablar de transgresiones sino existiera un mapa de indicaciones y movimientos prescriptos. No vivimos en un vacío de experiencias. Pero tampoco en un vacío de instituciones. La experiencia es extraordinariamente activa, pero no gira en el vacío endogámico. No hay generación espontánea de experiencia, sin producción de alternativas que pueda estar, más o menos condicionadas por el poder simbólico. Lo que la gente hace con las instituciones y con los medios es lo que puede. Y su relación no es siempre de insubordinación frente a la hegemonía cultual, como seria absurdo pensar que es siempre de adaptación funcional. Lo interesante de la cuestión de sobre los intelectuales, sectores populares, opinión pública y medios es el modo en que se configura su interacción. Las estrategias de desvío de los usos de la escuela en los sectores populares podrán ser de un tipo cuando se trate de un estado que proporciona servicios plenos e igualitarios y de otro cuando la institución parezca más exhausta y perdida.

Los efectos de los medios se recortan sobre un continuum simbólico. Es el conflicto entre las instituciones lo que hace dinámicas a las sociedades. Sin este conflicto, no van a ver trayectorias que desviar, ni muchos caminos indicados para transgredir. Pagni y Von der Walde opinan que esta es una posición nostálgica y que los intelectuales estaríamos extrañando el lugar de los mentores profetas. Esta figura hace por lo menos 30 años que entró en crisis. Difícilmente se extrañe aquello que no se tuvo nunca la posibilidad de ser. No hay nostalgia por ese lado, ¿todo juicio que no afirme que el pasado fue peor es nostálgico? ¿Es nostálgico pensar que la escuela donde los chicos aprendían a leer y a escribir bien en cuatro años, preparaba mejor a los sectores populares que aquellas que abandonan a los chicos analfabetos cuando desertan? ¿Es nostálgico quien piense que la gente ganaba más hace diez años que ahora? Es absurdo afirmar que un juicio, por el sólo hecho de relacionar presente y pasado, se convierte en nostálgico. Es nostálgico quien busca reconducir las condiciones presentes a las pasadas. Creo que los intelectuales hoy sabemos más y entendemos mejor la Argentina de lo que la entendió Martínez Estrada.

Confío en lo que la gente pueda hacer con los mensajes que saturan a la sociedad, pero creo que importa no sólo la mezcla sino qué se mezcla en la mezcla. ¿Por qué afirmar sólo la primacía de la experiencia y de los desvíos como si la experiencia en una sociedad urbanizada y mediatizada como la Argentina se ejerciera en el vacío intuitivo de un imaginario pueblo mitoarcádico? Estos movimientos se realizan respecto de otros polos de organización y atracción. Sin esos polos, no hay desvío. ¿Qué estaba pidiendo en Escenas de la vida postmoderna? No quería ser el tejedor de la red de discursos sociales, sino poner mi discurso en esa red. Ser intelectual hoy, no es ser profeta”.

sábado, 3 de marzo de 2012

Bataille, el potlatch y el gasto improductivo

Resumen del texto "La noción de gasto", en el que George Bataille se vale del ejemplo del potlatch para desarrollar la noción de gasto improductivo.

Insuficiencia del principio clásico de utilidad

La utilidad material teóricamente tiene por objeto el placer bajo una forma atemperada y queda limitada a la adquisición (prácticamente a la producción)  y a la conservación de bienes, de una parte, y a la reproducción y conservación de vidas humanas, por otra. Cualquier enjuiciamiento general sobre la actividad social implica el principio de que todo esfuerzo particular debe ser reducible a las necesidades fundamentales de la producción y la conservación. El placer queda reducido, en las interpretaciones intelectuales corrientes, a una concesión, a un descanso cuyo papel sería subsidiario. La parte más importante de la vida se considera constituida por la condición de la actividad social productiva.

La experiencia personal capaz de derrochar y destruir sin sentido, se opone a esta concepción ya que se siente incapaz de justificar utilitariamente su conducta y no cae en la cuenta de que una sociedad humana puede estar interesada, como él mismo, en pérdidas, catástrofes que provoquen, según necesidades concretas, ataques de angustia. La humanidad consciente continúa siendo menor de edad; admite el derecho de adquirir, conservar, o de consumir racionalmente, pero excluye, en principio, el gasto improductivo. Esta exclusión es superficial y que no modifica la actividad práctica.

El principio de la pérdida

La actividad humana no es enteramente reducible a procesos de producción y conservación, y la consumición puede ser dividida en dos partes distintas. La primera reducible, está presentada por el uso de un mínimo necesario a los individuos de una sociedad dada para la conservación de la vida y para la continuación de la actividad productiva. Se trata de la condición fundamental de ésta última. La segunda parte representada por los llamados gastos improductivos: el lujo, los duelos, las guerras, los espectáculos, los juegos, la actividad sexual perversa, que representan actividades que tienen su fin en sí mismas.

Es necesario reservar el nombre de gasto para estas formas improductivas, con exclusión de todos los modos de consumición que sirven como medio de producción. El énfasis se sitúa en la pérdida, que debe ser lo más grande posible para que adquiera su verdadero sentido.

Este principio de pérdida de gasto incondicional puede ponerse de manifiesto con ejemplos:
1)      En el lujo, no basta con que las joyas sean deslumbrantes sino que también tiene que haber el sacrificio de otra cosa (ejemplo: una fortuna). Esa pérdida lo hace más valioso. Es decir que para tener algo, hace falta sacrificar otra cosa.
2)      En la religión, los cultos exigen el sacrificio por la producción de cosas sagradas que implican  una pérdida y en esa pérdida está por ejemplo el éxito del cristianismo (la negación de lo animal del hombre).
3)      En el deporte se da un gasto de energía, un peligro de muerte. Las apuestas son pérdida. Además otras formas de gasto improductivo pueden estar ligadas con los espectáculos de competición.
4)      En el arte: desde el punto de vista del gasto, las producciones artísticas pueden ser divididas en dos grandes categorías: los gastos reales (arquitectura, la música y la danza) y gastos simbólicos (literatura y el teatro) provocan la angustia y el horror por medio de representaciones simbólicas de la pérdida trágica.
La función creativa compromete la vida del que la asume porque lo expone a la decepción, la desesperanza, la miseria, etc.

Producción, intercambio y gasto improductivo

Una vez demostrada la existencia del gasto como función social, es necesario tomar en consideración las relaciones de esta función con las de producción y adquisición, que son opuestas. Estas relaciones se presentan como las de un fin con utilidad. Es verdad que la producción y la adquisición, cambiando de forma al desarrollarse, introducen una variable cuyo conocimiento es fundamental para la comprensión de los procesos históricos, ambas no son, más que medios subordinados al gasto.

La preocupación por la conservación hace que la producción parezca como un fin que se impone sobre el gasto improductivo. Para mantener esta preeminencia, como el poder está ejercido por las clases que gastan, la miseria ha sido excluida de toda actividad social. Y los miserables no tienen otro medio de entrar en el círculo del poder que la destrucción revolucionaria de las clases que lo ocupan a través de un gasto social sangriento y absolutamente ilimitado.

El carácter secundario de la producción y de la adquisición con respecto al gasto aparece en las instituciones económicas primitivas debido a que el intercambio es todavía tratado como una pérdida suntuaria de los objetos cedidos. El intercambio se presenta como un proceso de gasto sobre el que se desarrolló un proceso de adquisición.

Opuesta a la noción artificial de trueque, la forma arcaica del intercambio ha sido identificada por Mauss con el nombre potlatch. Los pueblos americanos menos avanzados practican el potlatch con ocasión de cambios en la situación de las personas. Aquí el intercambio tiene tipo de desafío y contrapartida. Es igualmente posible desafiar rivales por medio de destrucciones espectaculares de riqueza. A través de esta última forma es como el potlatch incorpora el sacrificio religioso, siendo las destrucciones teóricamente ofrecidas a los ancestros míticos de los donatarios.

La usura, que interviene regularmente en estas operaciones bajo forma de plusvalor obligatorio en los potlatch de revancha ha permitido poder decir que el préstamo con interés debería ocupar el lugar del trueque en la historia de los orígenes del intercambio. La riqueza se multiplica en las civilizaciones con potlatch de una forma que recuerda el hipercrecimiento del crédito en la civilización bancaria. El potlatch es la constitución de una propiedad positiva de la pérdida que da a esta institución su valor significativo.

La riqueza aparece como una adquisición en tanto que el rico adquiere poder, se dirige enteramente hacia la pérdida del sentido en que tal poder sea entendido como poder para perder. Por la pérdida están unidos a la riqueza la gloria y el honor.
La producción y el consumo no suntuario que condicionan la riqueza aparecen así en tanto que utilidad relativa.

El gasto funcional de las clases ricas

La noción de potlatch queda reservada a los gastos de tipo agonístico que se hacen por desafío, a aquellas formas de gasto que las sociedades arcaicas no distinguen del intercambio. El intercambio, en su origen, fue subordinado a un fin humano. El principio de la función de producción exige que los productos sean sustraídos a la pérdida, al menos provisionalmente.

En la economía mercantil, los procesos de intercambio tienen un sentido adquisitivo. El gasto sigue siendo destinado adquirir o mantener el rango. El rango social está ligado a la posesión de una fortuna, pero aún con la condición de que la fortuna sea sacrificada por gastos sociales improductivos, como fiestas, espectáculos y juegos.

En tanto que clase poseedora de la riqueza, que ha recibido con ella la obligación del gasto funcional, la burguesía moderna se caracteriza por la negación de principio que opone a esta obligación. Se distingue de la aristocracia en que no consiente de gastar más para sí, en el interior de ella misma, es decir, disimulando sus gastos, cuando es posible, a los ojos de otras clases.
A estas concepciones de gasto restringido han respondido las concepciones racionalistas que la burguesía ha desarrollado a partir del siglo XVII y que no tienen otro sentido que una representación del mundo estrictamente económica.

La aversión al gasto es la razón de ser y la justificación de la burguesía y de su hipocresía tremenda. La conciencia popular se reduce a mantener el principio del gasto, representando la existencia burguesa como una siniestra anulación.

La lucha de clases

Los modos de gasto tradicional se han atrofiado, y el suntuario tumulto viviente se ha refugiado en la lucha de clases. Los componentes de la lucha de clases están presentes en la evolución del gasto desde el período arcaico. El gasto, aunque tiene una función social empieza por ser un acto de separación, de apariencia antisocial. El rico consume lo que pierde el pobre creando para él una categoría de decadencia y de abyección que abre la vía a la esclavitud. La sociedad burguesa, que pretende gobernarse siguiendo principios racionales, que tiende a una homogeneidad humana, no acepta sin protesta una división que parece destructiva del hombre mismo, pero es incapaz de llevar la resistencia más allá de la negación teórica.

El fin de la actualidad obrera es producir para vivir, pero el de la actualidad patronal es producir para condenar a los productores obreros a una descomunal miseria. Los esfuerzos burgueses tendiente a mejorar la suerte de los obreros no es más que la expresión de la infamia de las clases superiores que no tienen el valor de reconocer sus destrucciones. Los gastos realizados por los capitalistas para socorrer a los proletarios y darles la oportunidad de elevarse en la escala humana testimonian la impotencia para llevar hasta el fin un proceso suntuario.

La lucha de clases se convierte en la forma más grandiosa de gasto social, en la medida que es retomada y desarrollada, esta vez por cuenta de los obreros, con una amplitud que amenaza la existencia misma de los amos.

El cristianismo y la revolución

El culto asume la función de total oposición de fuerzas de sentido contrario, repartidas de tal modo entre ricos y pobres que los unos llevan a los otros a la pérdida. La religión no busca hacer desaparecer lo que otros consideran como la calamidad humana. La lucha de clases no tiene más que un fin posible: la pérdida de quienes han trabajado por perder a la “naturaleza humana”.

La insubordinación de los hechos materiales

La vida humana no puede quedar limitada a los sistemas que se le asignan en las concepciones racionales. El inmenso trabajo de abandono, de desbordamiento y de tempestad que la constituye podría ser expresado diciendo que la vida humana no comienza más que con la quiebra de tales sistemas. No pueden estar sujetos a nada para lo que sea posible hacer cálculos. Sólo por una insubordinación semejante, aunque sea miserable, puede la especie humana dejar de estar aislada en el esplendor incondicional de las cosas materiales.

Los hombres se encuentran constantemente comprometidos en procesos de gasto cuyo principio es la pérdida. A las pérdidas así realizadas se encuentra unida la creación de valores improductivos, de los cuales el más absurdo y al mismo tiempo el que provoca más avidez es la gloria. Junto con la ruina, la gloria, no ha dejado de dominar la existencia social y hace imposible emprender nada sin ella, a pesar de que está condicionada por la práctica ciega de la pérdida personal o social.

sábado, 17 de diciembre de 2011

El análisis del "contrato de lectura"

Cada diario tiene su contrato de lectura particular
Guía para leer “El análisis del ‘contrato de lectura’, un nuevo método para los estudios de posicionamiento de los soportes de los media”, escrito por el semiólogo argentino Eliseo Verón en Les Medias: Experiences, recherches actuelles, aplications.



1.- ¿Por qué la lectura fue una práctica invisible?

La lectura es, para Verón, un proceso socio-cultural de captura del sentido de un discurso. Es una actividad significante porque, a la vez que responde a reglas sociales determinadas, produce sentido. Sin embargo, a lo largo de la historia se han desarrollado varios obstáculos a la hora de dar cuenta de la problemática de la lectura.

El primer obstáculo fue la lingüística saussureana porque no distinguía entre emitir una frase y entenderla. La primer semiótica (o semiología), por su parte, hacía un análisis lingüístico saussureano de objetos que estaban más allá del sistema de la lengua, pero nunca se cuestionó sobre los sujetos. La sociología, por último, acumuló información sobre los lectores, sin interrogarse por el funcionamiento social de los textos, menos aún, por el proceso de lectura.

Así, vemos cómo muchas disciplinas nunca se interrogaron por relación entre los lectores y eso que leen. O bien estudiaban a los lectores en sí, o bien sólo los objetos de lectura. Nunca la relación entre ambos. Esto es lo que propone Verón: analizar la relación entre los lectores y los textos.


2- ¿En qué consiste el contrato de lectura?

Verón define el contrato de lectura como la relación entre el discurso de un soporte y sus lectores. En el caso de las comunicaciones de masa, es el medio el que propone el contrato. Verón propone investigar mediante qué mecanismos y en qué nivel de funcionamiento del discurso de un soporte de prensa se construye el contrato de lectura.

La teoría de la enunciación, en general, y Emile Benveniste, en particular, distinguen, en el funcionamiento de cualquier discurso, dos niveles: el del enunciado y el de la enunciación. El nivel del enunciado se refiere al contenido del discurso (a eso que se dice). El nivel de la enunciación, en cambio, concierne a las modalidades del decir. Es en el nivel de la enunciación donde se construye una cierta imagen de aquel que habla (el enunciador), una cierta imagen de aquel a quien se habla (el destinatario) y la relación entre estos dos lugares.

Eliseo Verón, por su parte, plantea que un mismo enunciado puede ser atravesado por estructuras enunciativas diferentes, creando diversos efectos de sentido. El conjunto de las estructuras enunciativas que atraviesan un determinado discurso de un soporte es el contrato de lectura.


3- ¿Cuáles son los elementos que se deben analizar para dar cuenta del contrato de lectura?

El análisis del contrato de lectura permite, de este modo, determinar la especificidad de un soporte dado, es decir, reconstruir el particular vínculo de ese soporte con sus lectores.

Analizar un contrato de lectura implica:

1º estudiar todos aspectos en que un soporte construye su vínculo con el lector: coberturas, relaciones texto/imagen, modo de clasificación del material redactado, tipos de recorrido propuestos al lector, modalidades de compaginación, dispositivos de apelación (títulos, subtítulos, copetes, volantas, tipografías, etc.), dimensión indicial (tipografía, imagen que apele al destinatario, etc.)

2º definir las invariantes recurrentes en el discurso del soporte a través de diferentes temas (el corpus debe cubrir un mínimo de dos años)

3º localizar semejanzas y diferencias regulares entre el soporte estudiado y otros, a fin de determinar la especificidad de cada uno.

4- ¿Cuáles son las modalidades del contrato?

Para ilustrar el funcionamiento del contrato de lectura en un soporte imaginario, Verón caracteriza una serie de modalidades de contrato, a modo de ejemplos, que deben entenderse como regímenes o formas de funcionamiento del contrato y NO como clasificaciones de contrato. Es decir que el discurso de un soporte determinado puede estar atravesado por un contrato de lectura donde predomina una determinada modalidad.

Verón caracteriza, por un lado, el contrato objetivo o impersonal, en donde el enunciador borra las marcas que dan cuenta de la relación que establece con su destinatario. Esto, dice Verón, crea un efecto de verdad.

También caracteriza lo que él llama el enunciador pedagógico, que se funda en una relación complementaria con el destinatario, donde el enunciador se posiciona como la figura poseedora de un saber, complementariamente con el destinatario, quien no posee ese saber. Para ello, el enunciador se vale de ciertos recursos lingüísticos: puede usar, por ejemplo, el nosotros exclusivo (YO + ÉL).

Por último, distingue estas dos modalidades de contrato (donde el enunciador construye una distancia del destinatario) del contrato cómplice, donde se registra una tendencia hacia la simetrización de la relación entre enunciador y enunciatario. Los recursos para crear este efecto de complicidad son varios: los presentadores de los noticieros actuales, por ejemplo, hacen de cuenta como si se enteraran al mismo tiempo que el destinatario de los acontecimientos del día. También pueden utilizar el nosotros inclusivo (YO + TÚ) o decir “¡Qué barbaridad!”.

El contrato de lectura concierne también a la imagen. Verón distingue varias modalidades de imágenes, pero compara dos: la retórica de las pasiones con la pose. La retórica de las pasiones parte de imágenes que le han sido “arrancadas” a un personaje público. Toma una expresión determinada del rostro de ese personaje para significar la situación de ese mismo personaje en una situación determinada.

La modalidad de la pose es exactamente lo contrario: el personaje posa para ser fotografiado. Así vemos cómo, lejos de ser extrañas al contrato de lectura, las imágenes son uno de los lugares privilegiados donde el enunciador teje el nexo con su lector proponiéndole una cierta mirada sobre el mundo.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Zizek VS Laclau: Preguntas de final

¡Ni el propio Slavoj Zizek podría responder estas preguntas!

  1. ¿Qué uso nuevo le da Ernesto Laclau a la noción gramsciana de "hegemonía"?
  2. La identificación, ¿es reducible a la identidad? ¿Por qué?
  3. ¿Es posible definir el antagonismo laclauniano como la lucha de clases?
  4. El hecho de que la identidad no alcance su determinación total, ¿debilita los movimientos sociales?
  5. ¿Por qué  la incompletitud es esencial para el proyecto mismo de hegemonía?
  6. ¿Qué nombre le da Slavoj Zizek a la categoría teórica de fracaso, negatividad, brecha o incompletitud? ¿Por qué estas categorías siguen siendo útiles para comprender lo no-realizable en la constitución discursiva del sujeto?
  7. ¿Qué diferencias significativas existen entre Laclau y Zizek respecto de la cuestión del “sujeto”? ¿Cómo convergen estas perspectivas con lo Real lacaniano?
  8. ¿Cómo es posible articular la noción de “sujeto” como resultado de la interpelación con la noción lacaniana de “sujeto barrado”?
  9. ¿Es la visión lacaniana de la constitución del sujeto compatible con la idea laclauniana de hegemonía? En el caso de que lo sea, ¿en qué medida?
  10. Si bien la noción del sujeto incompleto o del sujeto barrado parece garantizar cierta incompletitud a la interpelación, ¿es posible, entonces, la hegemonía?
  11. ¿Existe siempre una limitación a toda posible constitución del sujeto?
  12. ¿En qué medida sirve la noción de “fantasía” en Zizek para ver cómo se lleva a cabo la disputa sobre los significantes?
  13. ¿Cuál es la relación entre versiones psicoanalíticas de la identificación y formas de identificación política?
  14. ¿Qué papel juegan, para Laclau, los procesos inconscientes en la articulación diferencial?
  15. ¿En qué medida la hegemonía puede resultar una categoría útil para describir las identidades políticas?
  16. ¿Es lo Real lacaniano el fundamento último, el referente firme del proceso simbólico, o representa su límite inherente totalmente no sustancial, punto de falla, que mantiene la brecha misma entre la realidad y su simbolización y, de ese modo, pone en movimiento el proceso contingente de la historización-simbolización?